La migraña: esa asignatura pendiente

Friedrich. Mujer ante el sol poniente, detalle.

Friedrich. Mujer ante el sol poniente, detalle.

Lo sé, me lo digo a menudo. El otro día estaba desayunando y pensé: “oye tú, hace tiempo que no haces una entrada migrañoide… ¿no va tocando ya?”. Y la otra tarde, hablando de escribir, alguien me preguntó si tenía algún blog.

Y, lector que me lees con amor, puede que si entras en Hemicranea, te preguntes a qué viene tanta distancia entre una entrada y otra. A lo mejor hasta me imaginas en una chaise longue, con un paño mojado en la frente , en semipenumbra y anunciando a mi doncella que no recibiré visitas porque tengo jaqueca. El “aura migrañosa” suena más a ese halo bohemio y maldito de los migrañosos en la cultura popular que a lo que es en realidad.

Os voy a decepcionar un poco. Si me imagináis dejando de hacer cosas, como escribir en este blog, por culpa del dolor de cabeza, acertáis un poco (solo un poco). Pero claro, sin diván, sin doncella y si visitas de cortesía. Sin todo lo romántico del asunto. El inicio del verano es para mí una época de cierta intensidad migrañosa. Es posible que en esto influyan los cambios meteoreológicos (de los que ya hablaremos otro día), pero sin duda un factor importante es el estrés.

Recuerdo perfectamente la primera vez que sentí una crisis de migraña que me obligó a abandonarlo todo y meterme en la cama. Era adolescente, al día siguiente tenía un examen de matemáticas (con diferencia la asignatura que menos me gustaba desde el principio de los tiempos) que no me había preparado my bien y empecé a sentirme agobiada. De ahí a la sensación de mareo y debilidad, hubo un paso. Y las náuseas vinieron detrás, claro. En ese momento no sabía aún que la migraña iba a ser mi cruz, pero el episodio se repitió con cierta frecuencia en toda mi vida de estudiante. Durante años, esa sensación del sino que vuelve con el calor y los exámenes dejó en mí una huella parecida a la que sufrió el perro de Pavlov. Hoy por hoy sigo preguntándome si no tendrán algo que ver esas migrañas de principio de verano con un recuerdo de todos esos años de estudio en los que esa era una época de estrés y de exigencias. Ay, la migraña… Habré aprobado muchos exámenes en mi vida, pero los dolores de cabeza siguen siendo una asignatura pendiente, por muchos junios que pasen.

Que la migraña y el estrés tienen mucho que ver, no es nada nuevo; si la padecéis sabréis hasta qué punto el estrés no ayuda nada a sentirse mejor. Y tampoco la relación estrecha de estas dolencias con las estapas post-estrés. Porque sí, amigos y amigas, en las cuestiones en las que, en mayor o menor medida, entran en juego procesos somáticos es frecuente que el “mal” nos alcance en el momento de parar, más que cuando estamos “a tope” como Vicentín. ¿Nunca os ha pasado eso de poneros enfermos justamente el viernes por la tarde, o el primer día de vacaciones? Pues eso. No es que la migraña sea una cuestión exclusiva de somatización, no. Porque si algo se sabe de la migraña, es que no se sabe nada: las posibles explicaciones de un proceso migrañoso son bastante amplias e incluyen tesis que van de lo neurológico a lo psicológico,  pasando por la ineludible genética y, apurando, hasta la astrología.

En cualquier caso, familiarizarse con las crisis ayuda si no a prevenirlas, al menos sí a preverlas y siempre es más llevadero si lo ves venir y te puedes anticipar de alguna manera.

Todo lo que acabo de escribir se resume en una sola frase: “Cónocete a ti mismo”.

Feliz verano.

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