La ciudad no es para mí

ciudad Un ser migrañoso (en adelante SM) va por la ciudad camino de su casa. La calle está atestada de gente, hablan unos con otros y se mueven desordenadamente. El SM intenta atravesar la marabunta con cuidado de no chocarse porque, en la medida de lo posible, mira al suelo para evitar la luz de un cielo demasiado blanquecino. Se cruza con una adolescente que comparte con sus amigos (y a juzgar por el volumen de su voz, con todos los vecinos del barrio) su última experiencia etílica y le regala un chillido en el oído que permanece unos segundos retumbando en su cabeza y termina por caer en el estómago como una piedra en un pozo oscuro.

Se acerca al semáforo para cruzar y le deslumbra el ámbar parpadeante. Un coche pita para evitar que un peatón descuidado se deje llevar por la prisa. El SM fija la vista al frente. Montones de vehículos pasan a toda velocidad, de modo que el SM los ve solo durante un segundo. Pero son muchos y al momento esa visión le da vértigo. Mira más arriba. Los coloridos rótulos de las tiendas están iluminados y le duele la vista. Se está impacientando. Los coches hacen un ruido infernal y la gente habla aún más alto para hacerse entender. El reflejo verde que capta con el rabillo del ojo le hace emprender la marcha justo antes del paso de una ambulancia, tan sonora y visible gracias a la sirena.

Atraviesa una plaza donde vendedores ambulantes vociferan su mercancía; hay terrazas llenas de gente que charla animadamente y los niños juegan, ajenos a eso de controlar el volumen de sus chillonas vocecitas. La plaza desemboca en una callejuela de casas altas; frente a una de ellas, unos albañiles montan un andamio a base de martillazos.

Tuerce hacia una calle que parece más tranquila. Un camión de la basura aparece repentinamente llenando todo el espacio de olor y ruido. El SM tiene sudores fríos y el estómago cada vez más revuelto.

Al fin llega a su destino. El silencio del portal le ofrece una promesa de alivio. Cuando entra en casa se mete en la habitación directamente y se deja caer sobre la cama. Los niños del piso de al lado, del que le separa una fina pared, protestan porque no les parece el momento de hacer los deberes y su madre no tiene ganas de transigir, por lo que se monta una trifulca que parece interminable. El SM tiene ganas de llorar. Y de vomitar. Cierra los ojos. “La ciudad no es para mí”, piensa.

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5 Respuestas a “La ciudad no es para mí

  1. ¿No hay obras en el edificio de SM? Qué suerte.

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